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Entrevistamos a Manuel Hurtado (SDB), Salesiano de la Comunidad Bartolomé Blanco


P.- ¿Qué es lo que hace que un joven de tu edad, con su carrera y oposición terminadas y un futuro profesional prometedor, lo deje todo y dedique su vida a Dios?

Lo dejé todo porque me llamó Dios. La gente se embarca en proyectos que les llevan toda una vida realizar. Yo decidí, en un momento determinado, dedicar la mía a los proyectos de Dios porque descubrí que sus caminos no son los míos y que Él hace las cosas mejor que yo. No hace mucho leí a un autor que decía que la única revolución que podrá triunfar en el mundo es la revolución del amor porque es la única que puede cambiar los corazones. Así, cuando uno se encuentra con Dios, que es el Amor por excelencia ¿cómo no va a cambiar la vida? Sin embargo tengo que decirte que no experimento la sensación de haberlo “dejado todo”, más bien siento haberlo ganado todo porque cambié «una vida» por «la Vida».

P.- ¿En qué momento sientes la vocación?

Fue en la Semana Santa de 1989 (a mis 16 años) cuando todo giró radicalmente. Estaba yo en tercero de BUP y era el año en que se hacía la excursión final conmemorativa del paso por el colegio. Sucedió que ese año nos íbamos a Benidorm y mis padres, por algún que otro suspenso, no me dejaron ir. Así que le dije a mis padres que, si no iba a Benidorm, a algún sitio tenía que ir y que el Coordinador de Pastoral de los Salesianos de Badajoz (que era donde estaba cursando los estudios por aquel entonces) me había ofrecido ir a una pascua juvenil. Mis padres accedieron y ahí cambió todo. En Puebla de la Calzada se celebraba aquella pascua (y se sigue celebrando) y fue allí donde tuve mi primer y mejor encuentro con Dios. Aquella experiencia constituyó un antes y un después en mi camino vital. No sé explicarlo muy bien pero ocurrió que, partir de entonces, comencé a ver la vida de manera diferente. Hasta el punto de que cuando llegué a casa mi euforia era tal que se creían que había bebido algo. Todo era maravilloso a mi alrededor: para mí el sol salía todos los días (aunque lloviera), la gente era maravillosa, las dificultades no eran tanto, comencé a ayudar en casa, hacía mi cama, ponía y quitaba la mesa a la hora de comer… todos estaban sorprendidos. Además, por primera vez desde que estoy en los salesianos, no me quedó ninguna materia para septiembre. Recuerdo que mi madre sentenció: “Tu ya no te pierdes ni una Pascua”. Fueron estos los aspectos externos de una revolución que se estaba produciendo en mi interior. Es esta la primera vez que se plantea en mi vida la cuestión vocacional.

P.- ¿Tomaste rápido la decisión o te llevó tiempo?

Me llevó dieciséis años tomar la decisión. Jamás creí que yo pudiera estar llamado a la vida religiosa así que a aquella sensación no le hice mucho caso. En realidad decidí llegar a una especie de pacto secreto con Dios: “voy vivir otras experiencias y después hablamos”. Así que me fui a Cáceres a estudiar Derecho. Tras acabar la carrera, vuelve a cambiar mi vida. Regreso a Badajoz y surge de nuevo la cuestión vocacional. Por lo que se ve, Dios, no estaba dispuesto a que todo acabara en la pascua de 1989. Era como si Él viniera a decirme: “Oye, que tenemos una pendiente…”. Sin embargo, llegué de nuevo a un pacto o acuerdo con Él: “Vamos a vivir la vida laboral, veamos cómo me desenvuelvo, analicemos si es el mundo de la abogacía mi camino o por el contrario debo corregir el rumbo”. Así pasé varios años aquí, en Almendralejo, trabajando en el Despacho de abogados de de mi hermano. Recuerdo que la reflexión durante esa época fue: «¿Es esto lo que yo quiero hacer el resto de mis días...?» Tras esta experiencia, y tras muchas otras como la de los cuatro año que pasé estudiando oposiciones o la de de mi relación con una chica, vuelve de nuevo a aparecer en mi vida la pregunta vocacional. De nuevo el Señor me recordaba que teníamos una pendiente y a la altura de mis treinta y dos años ya se me habían acabado las excusas. Así que en 2005 decidía hacer la experiencia del pre-noviciado salesiano. Ahí comienza otra historia no menos alucinante para mí que os contaré en otra ocasión. Por todo esto yo siempre he dicho que Dios es un «cabezón» (no sé si esto es muy ortodoxo) porque cuando se le mete algo en la cabeza no para hasta conseguirlo. Yo soy la prueba de ello.

P.- Sabemos que has estado en Israel ¿Qué has hecho por allí?

Estudiar. Llegó el momento, como salesiano, de estudiar Teología y había varias posibilidades (Sevilla, Madrid, Barcelona, Roma o Jerusalén). Mi superior me propuso la última de las opciones y no tardé ni un segundo en decirle que sí. Estudiar teología en la tierra que vio nacer a Jesús de Nazaret ha sido un privilegio inmenso que intenté aprovechar segundo a segundo. Poder acercarme en vivo y en directo a los distintos lugares de los que habla la Biblia, no sólo del Nuevo Testamento, también del Antiguo, es algo difícil de explicar. He estado en el desierto del Negev, tierra de Abraham o en Anatot tierra natal de Jeremías. Pero si pasamos al nuevo Testamento pues las emociones se disparan. Siempre digo, cuando me preguntan, que la Biblia que tengo viene un DVD incorporado. Una auténtica maravilla este regalo de Dios.

P.- Cuéntanos la experiencia que has vivido.

Como te digo la experiencia ha sido inigualable. Cada día soy más consciente del privilegio que ha supuesto para mí haber pisado la tierra del Señor. Vivía a veinte minutos andando del Santo Sepulcro. Es algo que no todo el mundo puede decir. Con frecuencia me levantaba muy temprano y me iba allí a rezar. La primera vez que estuve allí no paré de llorar en todo el rato. Poder tocar el hueco donde estuvo el árbol de la cruz, pisar el lugar exacto en que el Señor enseñaba a sus discípulos, donde les contaba parábolas o donde les enseñaba el Padre Nuestro, donde se retiraba a descansar; estar en el Huerto de Getsemaní donde se alejaba «como a un tiro de piedra» para rezar: «Señor, aparta de mí este Cáliz pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»… son momentos para recordar lo esencial que nos mueve (la muerte y resurrección del Señor) y para tener presente a tantas personas que traigo en el corazón, que sufren y lo pasan mal.

La principal sensación que tenía y que tengo es que el Cristianismo es muy grande y que ha sido capaz de llegar a lugares tan lejanos como España. En cualquier rincón del mundo puede haber alguien rezando la Biblia en estos momentos. Las experiencias con el Papa en los encuentros mundiales de la juventud donde cientos de miles de jóvenes venidos de todo el mudo se reúnen entorno a un señor mayor vestido de blanco pone de manifiesto la importancia de todo esto. Cada rincón de la tierra santa rezuma espiritualidad. Es un lugar emblemático para los cristianos, pero no sólo, también para judíos y musulmanes. En poco espacio de terreno tienen lugar historias tanto de Abraham, el profeta Mahoma y el Señor Jesús. ¿Qué tendrá Jerusalén…? Y todo desde este lugar pequeño que, en otras circunstancias, hubiera pasado desapercibido.

Pero también experimenté la grandeza de la congregación de los Salesianos. Vivía en una comunidad con 50 hermanos de 34 países diferentes. Todos distintos y todos iguales. Todos con su distinta cultura pero todos siguiendo al Señor con el estilo que nos marcó Don Bosco. ¡Cuánta riqueza! ¡Cuánto colorido! ¡Cuántas formas diferentes ha sido capaz de inventar el hombre para comunicarse!

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P.- Y ahora ¿Qué planes tienes?

No tengo planes. Desde que prometí ante un altar entregar mi vida a Dios en el servicio a los jóvenes mis proyectos son los proyectos de Dios. No sé qué me tendrá deparado el futuro. Además, soy de la experiencia de que, cada vez que he hecho planes, Dios me los ha cambiado y ¿sabes qué? Siempre los suyos han sido mucho mejores que los míos. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a acabar estudiando teología en «La Ciudad Santa»?

Ahora estoy a pleno rendimiento en la comunidad Bartolomé Blanco y estoy muy contento. Una comunidad como esta me ayuda a ser yo mismo, a vivir a tope mi ser salesiano, a dedicarme por entero a los chicos que se encuentran en discernimiento vocacional y a aquellos que se encuentran culminando el proyecto Buzzetti.

P.- Desde tu punto de vista, ¿Cuáles son las razones que provocan que haya tan pocas vocaciones para el sacerdocio?

Es difícil contestar una pregunta así porque no hay una sola causa. Para empezar puedo decirte que la escasez de vocaciones es un asunto centrado especialmente en Europa. En otros continentes no padecen este déficit o, al menos, no lo padecen con tanta virulencia. En cualquier caso tenemos que partir de la situación en que vivimos y que afecta de manera directa a nuestros jóvenes. Decía Bernanos: «Cuando la juventud tose, la sociedad está constipada». Hoy, no cabe duda, vivimos en lo que se llama la «posmodernidad». Y esto no significa que sea extremadamente moderna sino que el modernismo, que se basaba en la «diosa razón» como elemento primordial de desarrollo, ha pasado. Ya la razón no sirve porque se ha demostrado que no hace feliz. Esto significa que los grandes razonamientos, la sociedad ilustrada de siglos pasados, los grandes héroes, las grandes historias épicas (como el Cristianismo), han pasado de moda. Ya nada importa. Es lo que Juan Pablo II llamaba «La dictadura del relativismo». El horizonte vital del hombre se ha reducido considerablemente. Ya nadie da la vida por la patria, como ocurría en otro tiempo, o por sus convicciones profundas. Si alguien amenaza mis convicciones profundas las cambio y todo resuelto. Vivimos en un mundo en el que una persona puede pensar de una manera hoy y mañana la contraria y no entra en crisis por ello. Es una sociedad que ha expulsado lo trascendente de todas las instituciones y ambientes. Nuestra Europa es una Europa sin Dios. Vivimos en una sociedad que es capaz de darlo todo menos razones para vivir. Nos han dado toda la libertad y nos hemos creado toda la desorientación. Estamos sometidos a una enorme aceleración social, cultural e histórica; nos sentimos bajo un auténtico bombardeo continuo de imágenes e informaciones; estamos inmersos en un pluralismo ideológico inabarcable, es decir, que alberga una gran cantidad de ideas, grupos, pensamientos, todos diferentes y todos se muestran como válidos.

Nada de lo que me proponen me sirve porque todo eso ya se ha probado y se ha demostrado que no da la felicidad. Por eso la gente ha decidido que lo que quiere es pasarlo bien: ¡fuera esfuerzos, fuera tareas, fuera responsabilidades! Se trata de «soltar lastre», de ser flexibles en esta situación tan cambiante y confusa. Se siente repulsión a determinados valores que atan, que limitan la libertad y no dejan a uno hacer «lo que le da la gana». Por eso hemos decidido expulsar de la vida, de mi vida personal, todo lo que coarta la libre actuación. Si antes yo me guiaba por una serie de valores que me constituían como persona, ahora los he abandonado. Se vive mejor sin problemas de conciencia y sin criterios morales. Si el valor de la fidelidad a la persona amada o a nuestras propias opciones vocacionales me causa algún problema, pues cambiamos y aquí no ha pasado nada. Si la persona amada -por la que he optado- me da un poco la lata, o simplemente aparece otra persona que «ahora» me gusta más, pues la cambio y todos tan contentos.

En la sociedad del relativismo ¿Quién es el valiente que se atreve a entregar su vida a Dios, el Absoluto…?

En la sociedad de la apariencia ¿quién decide vivir una vida centrada en las cosas auténticas y genuinas?

En la sociedad de la libertad absoluta, del desenfreno sexual y de la superabundancia de todo ¿Quién es capaz de vivir en obediencia, castidad y pobreza?

En la sociedad del «nada es para siempre» ¿Quién podrá tomar una opción que es «de por vida»?

El problema fundamental no es que haya pocas vocaciones para el sacerdocio, es que hay pocas vocaciones para casi todo. ¿Quién está hoy vocacionado para vivir una auténtica vida matrimonial? ¿Quién para emplear su vida en un trabajo que le suponga trabajar diez horas diarias? ¿Quién para entregarse con plena dedicación en este o aquel proyecto?

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P.- ¿A cambiado tu vida tal y como esperabas?

¡Qué va! ¡Ahora es muchísimo mejor de lo que esperaba! Cuando uno toma la decisión de hacerse religioso no es porque estén todas las dudas aclaradas. Se llega a la vida religiosa con muchas preguntas pero tengo que decir que esta vida es maravillosa (porque es de Dios), es una aventura diaria sin tiempo para aburrirse (los aventureros Idiana Jones, Rambo y Harry Potter son unos pobres aburridos a mi lado). Pero sobre todo es que hay una meta que es de verdad y que da sentido a toda la existencia. Uno se siente útil, querido, apreciado, satisfecho y haciendo lo que tiene que hacer que es la forma más auténtica de ser plenamente feliz.

P.- ¿Por qué la juventud no descubre a Dios?

No lo sé. Habría que preguntárselo a ellos. De todas formas yo los entiendo. De hecho creo que es mucho más difícil descubrir a Dios hoy que hace cincuenta años. No es que Dios se haya escondido, sino que la juventud vive un estilo de vida en el que es muy complejo encontrarlo. Es complejo encontrar a Dios y encontrar cualquier cosa. Porque ¿A qué joven le resulta fácil hoy encontrar la pareja ideal o el trabajo ideal? Suelo decir que vamos en un deportivo a doscientos kms por hora y pretendemos encontrar un cofre con un tesoro tirado en la cuneta a esa velocidad. Es difícil, muy difícil. La Biblia refleja con claridad que para encontrar a Dios hace falta calma, silencio, humildad, reconocerse limitado… son elementos todos ellos que se encuentran muy lejos del estilo de vida del joven de hoy.

De todas formas sí que hay jóvenes que encuentran a Dios. Me remito de nuevo a las Jornadas Mundiales de la Juventud. Lo que ocurre es que no son jóvenes que les guste salir en las portadas, sino que trabajan por el Reino de Dios calladamente, sin hacer ruido que es como le gusta al Señor. Y son muchísimos. Tantos que cuando toman el escenario de los medios (como en Madrid o Río de Janeiro) son capaces de dar un testimonio y una lección al mundo difícilmente olvidable. Sin embargo, como debe ser, normalmente están trabajando por un mundo mejor. Hace mucha falta este tipo de jóvenes. La gran noticia es que están ahí luchando, sin meterse con nadie, sin insultar a nadie, entregados a la misión a la que se sienten llamados. Son un gran regalo de Dios.

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P.- Manda un mensaje a las personas que vayan a leer esta entrevista.

Queridos amigos, hace poco estuve en Belén celebrando el primer domingo de Adviento y me acordé de una vieja historia india que cuenta que un muchacho quería ir de Bombay a Calcuta en autobús. A él lo que más le gustaban eran las películas y cuando llegó a la estación lo primero que preguntó al conductor fue cual sería la película que proyectarían en el autobús. El conductor le dijo el título y el muchacho, que ya la había visto, decidió cambiar de autobús. Fue a otro autobús e hizo la misma pregunta. “Pero esta también la he visto” –contestó el chico malhumorado- así que se dirigió al tercer autobús. En esta ocasión tuvo suerte, no había visto la película que proyectaban así que se decidió por este último autobús. El único problema era que ese autobús no iba en la dirección deseada, no iba a Calcuta, sino a otra parte. En la vida podemos estar haciendo muchas cosas, quizá todas ellas divertidas o entretenidas pero es posible que no vayamos en la dirección adecuada. El tiempo de Adviento, como el de cuaresma, es un tiempo para empezar de nuevo, pera reconducir caminos, para esperar, para tener esperanza… Desde Belén mi pensamiento se dirigió en seguida a María que aquí tomó la decisión de su vida y apostó todo por ella. Aquí, la vida de María dio un giro brutal. No tenía ni idea de a dónde le conduciría aquella decisión pero en su corazón sabía que estaba en el camino correcto. Desde aquél momento María fue consciente de que todo estaba ya decidido en su vida. Todo estaba ya trazado. Su libertad fue decir sí a la voluntad del Señor hasta el final. Probablemente intuía ya desde el principio la que se le venía encima pero sabía que aquel era el camino correcto y lo siguió. Seguramente que la película que le pusieron en el autobús de su vida no fue muy bonita (sufrimiento, crucifixión y muerte de su hijo), pero ella se montó en el autobús adecuado, el que le llevaría a la meta soñada, al encuentro definitivo con el Señor. Un saludo afectuoso.

Manuel Hurtado, SDB.

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